25
May
09

La ira de eolo

 Dado que el fin de semana pasado  me impusieron un retiro forzado (otro tributo al amor), este se presentaba como la oportunidad para resarcirme. El jueves las predicciones no eran alagüeñas, pero en Almería siempre cuentas con la protección del Cabo de Gata.  

El viernes por la tarde, aprovechando que el día solar se extiende hasta eso de las nueve, y contando solo con un par de horas de luz, me quede en Roquetas de Mar. Mi intención era comprobar un par de marcas que un pescador sub me había pasado.  La primera piedra estaba situada a media hora de paleo desde la zona de embarque. En el camino hacia esta aviste delfines comunes, los mismos que más tarde jugarían bajo el casco de mi barco mientras yo me posicionaba una y otra vez para derivar sobre la marca. Esta se localiza a unos 800 m de la costa, en un fondo de unos 30 m. En ella es fácil ver espetones, abadejos, y pelágicos en nutridos grupos. Una vez comprobada la ubicación de la misma, y atendiendo a que la sonda marcaba cierta actividad, deje caer  mi “hierros”. Tuve un par de picadas pequeñas, pero solo en una logre subir la pieza a bordo.  Se trató de una pequeño espetón, literalmente ensartado en el assist de mi jig. Pensaba que las picadas podían ser obra de jureles o pequeñas jurelas, pero no de esto.  Cuando el sol amenazaba ya con ocultarse, decidí poner rumbo a tierra, situándome a una milla de la costa con el objeto de tentar algún pez gregario. No hubo suerte.

 El sábado por la mañana, el despertador sonó a las cinco de la mañana. Las predicciones apuntaban a que entraría un fuerte poniente, y yo quería adelantarme.  A las 6:30 am ya estaba paleando. Había un leve oleaje, y el viento todavía no había hecho aparición. A la hora el oleaje se hizo más notorio. No había “borregillos”; se trataba de mar de fondo. Todo esto apuntaba a que se iba a “liar la de dios”. Hasta la fecha no he visto cambiar el estado del mar tan rápido. Recogiendo el aparejo, puse rumbo a la playa donde ha había embarcado. El cabo de gata se caracteriza porque la ola  adquiere verticalidad justo en la arena, y esta puede alcanzar 1-1.5 m. Ya en el lugar donde había dejado el coche, la cosa no parecía estar demasiado mal. Observando la cadencia de la olas, me aventure a tomar tierra entre dos series de estas. Cuando estaba a unos 10 m, una pared liquida se abalanzó sobre mí. Todavía tengo los huevos de corbata. Hice lo que cientos de veces he hecho cuando he practicado kayak surf en esta misma playa; metí el remo y la cabeza en la ola, pero en esta ocasión no gobernaba un barco de 1.90 m, y estaba embutido en uno de 4.70 m. El golpe me lanzo contra la arena, haciéndome volcar. Todavía me estoy sacando arena de las orejas. Respecto al equipo, ninguna perdida. Para cuando termine de cargar mis arreos en el coche eran las 9:30, y las olas tenían un 1.5 m, pero el viento no terminaba de hacer aparición. “Lo que nos viene encima”, pensé, y así fue. A la hora un fuerte poniente empezó a barrer Almería.

 El domingo se presento igual. El poniente seguía soplando con furia. Emplee la mañana en acometer la limpieza y engrasado de los carretes, “jodido” porque no podía meterme en el agua.   Tenía la esperanza de que Eolo aplacase su ira por la tarde, o por lo menos que rolara al noroeste, permitiéndome así buscar la protección de los acantilados de Aguadulce. Después de comer me acerque a la playa con la escusa de hacer unos lances desde la orilla. Nadia estaba alarmada por la fuerza con la que el viento azotaba las persianas, e insistía en que no debía remar.  Una vez en la playa, no me pareció que la cosa estuviese tan mal, así que cambie el spinning por el remo. El viento soplaba paralelo a la costa, empezando mi periplo dándole la espalda. Este me empujaba haciéndome volar sobre las olas. Una vez en los acantilados la cosa empezó a ponerse fea. Derivaba a unos 2 nudos. Decidí regresar a casa. La vuelta a tierra se iba a convertir en un rictus. El trecho que había tardado en cubrir media hora iba a consumir  el doble con el viento en contra.  Ya en el lugar de partida tocaba recoger aparejo.  Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que había “remolcado” un pez aguja, y que la chichara no había delatado en ningún momento la picada de este. Tras tomar las fotos correspondientes, y desanzuelarlo, intente devolverlo al mar para comprobar que este agonizaba. Dado que no iba a vivir, me podría servir en el futuro como cebo; los palometones los adoran.   

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1 Response to “La ira de eolo”


  1. 1 Caballa
    mayo 25, 2009 en 6:23 pm

    Hola Gaspar, la última vez que pensé “Humm la cosa no está tan fea” acabamos en medio de un temporal bestial y la vuelta acabó con todos volcando cerca de la orilla, por suerte, y sin lesiones, gracias a Dios.

    Ten cuidado y no te aventures solo y con estas previsiones, de hacerlo con al menos otro compañero más y mantén un contacto a tierra por si acaso, sabiendo siempre en qué lugar estás pescando…

    Un saludo
    Arturo “Caballa”


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